MEDITACIONES CUARESMALES:
VII. LA PASIÓN DE CRISTO
LA CUARESMA es camino de penitencia y penitencias hacia la Semana Santa, hacia la celebración del gran misterio de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección del Señor.
Antes de conversar sobre Cristo como varón de dolores y de Cristo crucificado, debemos hacernos la pregunta radical que Jesús hizo a sus discípulos: ¿Quién soy yo para vosotros? (Cf. Mt 16:13-17).
Podemos contestar la pregunta de dos maneras: objetiva y subjetivamente.
¿QUIÉN ES JESÚS?
LA RESPUESTA OBJETIVA todos la conocemos: Jesús, eres el Hijo de Dios y de María, Dios y hombre; tú eres nuestro Salvador. nuestro Camino, Verdad y Vida, el Buen Pastor, el Buen Samaritano, el Santo Niño, el Nazareno, Pan y Vino Eucarístico, el Sagrado Corazón; eres al Crucificado y resucitado. La respuesta objetiva es algo fría y de catecismo. ES NECESARIA y basa y nuestra respuesta subjetiva.
LA RESPUESTA SUBJETIVA. Jesús nos pregunta a cada uno de nosotros individualmente: ¿Quién soy yo para ti? ¿De qué manera influyo en tu vida? Nuestra respuesta personal no viene de libros, sino de nuestro amoroso encuentro con Jesús: un encuentro personal con Jesús crucificado y resucitado, que vive en nuestro corazón. Nuestra fe en Jesús no significa meramente recitar un Credo, sino sobre todo conocer a una persona (W. Barclay). Conocer a Cristo implica un encuentro con Él, experiencia íntima, lealtad, amor, unión con Él, hacer su voluntad (López Melús, Desierto).
Como discípulos de Jesús, contemplemos el misterio de la Pasión del Señor. ¿Cuál es el significado esencial de la Pasión de Cristo?
LA PASIÓN DE JESÚS
En la presencia del Señor sacramentado rezamos frecuentemente: Oh sagrado banquete en el que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su Pasión, el alma se llena de gracia, y se nos da una prenda de la gloria futura. Se recuerda la memoria de su Pasión.
Recordamos la película de Mel Gibson La Pasión de Cristo. Para algunos, el film es un poco macabro: demasiada sangre derramada por Jesús. Para muchos otros, la película cuenta una terrible y dramática realidad, la tenebrosa realidad de la pasión y muerte de Jesús. Mel Gibson comenta: “La pasión de Cristo es muy fuerte. Estamos acostumbrados a ver bellos crucifijos colgados en la pared, y decimos que Jesús fue golpeado, llevó la cruz en sus hombros, y después fue crucificado en el madero de la cruz… A través de mi niñez, yo no entendía cómo pudo pasar eso. El profundo horror de lo que sufrió por nuestra redención no me horrorizó. Para comprender lo que él sufrió, también a nivel humano, me hace sentir no solo compasión, sino también una deuda que le debo. Quiero recompensarle algo por la inmensidad de su sacrificio”.
Creemos firmemente en Jesucristo: en Jesucristo crucificado. Creer en Dios crucificado es reconocer a Dios en Cristo crucificado (J. Moltmann). ¿Por qué el Hijo de Dios es crucificado y muere en la cruz? ¡El buen Dios podía habernos redimido por su divina voluntad!
¿Por qué la muerte de Jesús en la cruz, que es el modo más humillante de morir? “Porque no había otra manera más apropiada de morir para sanar nuestra miseria que por la Pasión de Cristo” (Tomás de Aquino). ¿Por qué? La tradición cristiana nos presenta CUATRO RAZONES principales.
(1) En primer lugar, porque por su pasión y crucifixión Jesús nos muestra su amor infinito: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único hijo” para así poder salvarnos a todos (Jn 3,16).
(2) En segundo lugar, porque muriendo en la cruz Cristo nos revela la gravedad del pecado y nuestra necesidad de un Salvador. Jesús muere en la cruz para así manifestarnos la maldad del pecado y ayudarnos a no cometerlo: “Él llevó sobre la cruz nuestros pecados cargándolos en su cuerpo para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia” (1 Pe 2,24).
(3) En tercer lugar, Cristo, por su pasión y muerte nos liberó del pecado y, además, mereció la gracia santificante y la gloria de la felicidad: “Fuimos justificados por la fe…Por la fe en Cristo, somos hijos de Dios” (Gal 3, 24 y 26).
(4) Finalmente, en cuarto lugar, Jesús por su pasión, nos da un ejemplo a seguir. Sabemos bien que ÉL es nuestro Camino, que incluye necesariamente el Camino de la Cruz. Nos dice San Pedro: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas” (1 Pe 2, 21). La pasión de Cristo es modelo de todas las virtudes, en especial -según Santo Tomas- de la caridad, la paciencia, la humildad, la obediencia, y el desprecio de las cosas mundanas.
Los sufrimientos de Cristo, el varón de dolores, el Hijo de Dios, fueron increíbles: su agonía en el huerto, la traición de Judas, el abandono de sus discípulos. Además, le acusan falsamente, le condenan injustamente, se mofan de él, le ridiculizan y le azotan atado a la columna. Y después, el camino del calvario cargado con una pesada cruz, la crucifixión y la muerte en la cruz. A través de todo ello: la admirable serenidad de Jesús, su silencio sonoro, su amor misericordioso, su obediencia total al Padre Dios: Hágase tu voluntad, no la mía.
A los santos les atrae profundamente la contemplación de Jesús clavado en la cruz. Cristo clavado en una sencilla cruz de madera, que preside el altar mayor de una pequeña capilla, quita su clavo de la mano derecha para abrazar a San Bernardo. Cristo en la cruz, que preside la capilla de San Damiano pide a San Francisco de Asís que restaure su Iglesia. Santo Domingo de Guzmán, meditando arrodillado ante la cruz. Santo Tomás de Aquino que rezando, ante la cruz, le dice Jesús crucificado: “Qué bien has escrito de mí”. El libro preferido de Santa Catalina de Siena era Jesús muerto en la cruz. En nuestra querida Orden de Predicadores, el Crucificado preside casi todas nuestras capillas e iglesias.
San Juan de la Cruz, que dijo que la cruz es el báculo de la vida, oyó de Cristo, pintado en un cuadro llevando la cruz, estas palabras: “Has hecho mucho por mí, ¿qué quieres de mí?” San Juan XXIII escribe en su Diario Espiritual: “Mi gran libro, del que debo sacar con gran cuidado y afecto las lecciones divinas de alta sabiduría, es el crucifijo”.
La bella poesía de Machado, cantada maravillosamente por Serrat, dice: “No puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero sino al que anduvo en la Mar”. Creo -creemos- en Cristo crucificado: Yo puedo cantar y quiero a ese Cristo del madero y también al que anduvo en la mar.
¿Cómo Podemos responder a la pasión y a la cruz de Jesús? Siguiéndole, y llevando muestra cruz personal: “El que quiera seguirme que se niegue a si mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mt 16, 24; cf. Mc 8, 34, Lc 9, 23). Tratamos de llevar nuestra cruz individual con paciencia, y -si fuere posible- con alegría, con esa alegría espiritual que irradian los santos. De este modo predicamos los cristianos, siguiendo a Jesús crucificado que es también Jesús resucitado.
Somos discípulos de Jesús y deseamos humildemente estar íntimamente unidos a él y a aquellos que están íntimamente unidos a Él. Jesús se identifica a si mismo con los crucificados de la tierra. ¿Dónde estamos nosotros, seguidores de Jesús, cuando hermanos y hermanas son crucificados hoy? Como el buen Samaritano, debemos ayudar a los heridos en los caminos de la vida, y, como Simón el Cireneo, arrimar el hombro a algunos que caminan con su pesada cruz a cuestas hacia su crucifixión. Nuestra fe en Jesús nos pide practicar el amor a todo prójimo, principalmente a los pobres y desahuciados del mundo, que son para los discípulos de Jesús, el mismo Jesús. Henri Nouwen comenta: “Jesús nos está diciendo. “¡Este soy yo, ámame! Qué radical y qué simple.”: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui migrante y me recibisteis” (Mt 25:35).
En este contexto, muchos de nuestros hermanos y hermanas (y sobre todo, no creyentes) siguen preguntándonos, ¿por qué hay tanto sufrimiento en el mundo? Si Dios es infinitamente bueno, ¿por qué lo permite? ¿Tantas guerras, tanta violencia, tanta gente inocente muriendo, tanto odio, tantos pobres? Hoy siempre, el misterio del mal en el mundo y la fe en un Dios omnipotentemente misericordioso. LA ÚNICA RESPUESTA: Dios nos ama, es Amor, y nos dio a su Hijo para que muriera por nosotros, por nuestros pecados. LA RESPUESTA CONCRETA: Jesús crucificado.
¿Difícil llevar nuestra cruz, difícil ayudar a otros a llevar su pesada cruz, difícil ayudar a heridos en los caminos de la vida? Sin duda, no es fácil. Po eso, SIEMPRE DEBEMOS ORAR: para ser más fuertes. Somos débiles, somos pecadores. La gracia de Dios está con nosotros. Pedimos ayuda a Dios Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo. La mejor vitamina: la oración. La mejor arma: el amor misericordioso: “Pon amor donde no lo hay y cosecharás amor” (San Juan de la Cruz). El buen Dios, no falla. Nosotros, sí. Por ello, oramos sin cesar. Santa Teresa de Jesús: “Nunca dejes la oración; siempre hay remedio para aquellos que rezan”.
Gracias, Señor, por tus llagas, por tu cruz, por tu muerte: por tu amor. Te amamos, Señor; sentimos haberte ofendido a ti y a otros. Te pedimos, humildemente, por tu divina gracia y tu infinita misericordia. (FGB)