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MEDITACIONES CUARESMALES: CONCLUSIÓN  VIII. LA PASCUA ES ALEGRÍA
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MEDITACIONES CUARESMALES: CONCLUSIÓN VIII. LA PASCUA ES ALEGRÍA

MEDITACIONES CUARESMALES: CONCLUSIÓN

VIII. LA PASCUA ES ALEGRÍA

 

La cuaresma es un comino de conversión hacia la Pascua, hacia la Resurrección de Jesús, que es el centro de nuestra fe cristiana.

La fe es una gracia, un regalo de Dios. CREEMOS EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE.  Argumentos “racionales” que prueban la Resurrección de Cristo son las apariciones del Resucitado a los apóstoles y otros discípulos. Para muchos creyentes, un argumento fuertemente convincente es el cambio increíble que trasformó a los discípulos de Jesús: antes de la resurrección de Cristo, estaban muy tristes y amedrentados; después de su resurrección, fueron valientes y alegres, esto es, una comunidad pascual. Nosotros, que creemos también en la Resurrección de Jesús y en la nuestra, en la Pascua, ¿somos fuertes y estamos alegres, o sea, comunidad pascual?

¿QUÉ ES LA PASCUA?  Pascua es alegría (“Felices Pascuas”), una alegría que, como Jesús dijo a los apóstoles en la última cena, “nadie os podrá quitar” (Jn 16:22).  Por este día glorioso de la resurrección de Cristo, y después, todos se alegran.

Nos imaginamos a los dos discípulos de Jesús camino de Emaús desde Jerusalén. Jesús ha muerto; están profundamente tristes. En verdad, tenían razón para estar tristes: creían que Cristo había muerto. Por tanto, el fin de la historia. Y punto. Comenta Martín Descalzo: Lo malo es quienes seguimos tristes a pesar de que lo creemos vivo (Vida y ministerio de Jesús de Nazaret, III). Ciertamente, “”es muy poco útil decir a la gente que Cristo trae alegría…, si nuestras vidas son tristes” (W. Barclay, cf. Jn 4, 43-45). Es imposible estar triste en presencia del Señor Resucitado (Schillebeeckx). En este contexto, no es extraño que el monje y teólogo Evagrio Póntico (siglo cuarto) -siguiendo a los Padres del Deserto- añada, a los clásicos siete pecados capitales, uno más, el octavo pecado capital: la tristeza, que es el pecado contrario a la virtud de la alegría. 

Todos sabemos que el centro de la predicación de Jesús está en el Sermón de la Montaña, y el corazón del Sermón, en las Bienaventuranzas. Las Bienaventuranzas son como “ocho clases de felicidad” (J. M. Cabodevilla). A algunos cristianos y teólogos les gusta añadir una novena clase de felicidad: Dichosos (o bienaventurados, o ferices), dice Jesús a Tomás apóstol, los que creen sin haber visto (Jn 20. 29).

Los discípulos de Jesús se alegraron cuando vieron al Señor (cf. Jn 20-20).  La comunidad de los primeros discípulos se alegró. Los conversos de Pablo y Bernabé “quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo” (He 13, 52). Después de bautizar al eunuco etíope, “el Espíritu del Señor arrebató a Felipe, de modo que el eunuco no lo vio más; y continuó su viaje muy contento” (He 8, 38-39). El carcelero de Pablo y Silas en Filipos se alegró con toda su familia después de haberle bautizado a él y a toda su familia (cf. He 16, 33-34).

Siguiendo a los apóstoles, los discípulos de Jesús a través de los tiempos creemos en la Resurrección de Cristo, que es alegría pura: Alegría para el mundo; alegría para ti y para mí. Todos los santos son alegres: “el regalo más grande es su sonrisa”. Damos gracias al buen Dios continuamente porque creemos en la resurrección de su Hijo y, por ello, estamos alegres: la alegría es la hija de la felicidad (Fray Luis de Granada); y la sonrisa, una expresión de la alegría - como el Aleluya.

¿Como experimentaron las primeras comunidades cristianas la resurrección de Cristo?  Las primeras comunidades cristianas celebraban la pasión, muerte y resurrección de Jesús durante una noche y hasta la aurora del día siguiente. Nos cuentan las crónicas, que muchos no creyentes esperaban frente al lugar donde lo celebraban. ¿Por qué esperaban? Esperaban para ver la expresión radiante -la alegría- en las caras de los cristianos. En realidad, nos dice San Agustín, esa alegría que fascinaba a los no creyentes convirtió a muchos de ellos a creer en Cristo resucitado.

Somos criaturas de Dios, y debemos alegrarnos con la creación de Dios: Coronas las laderas de alegría, los prados están llenos de rebaños, los valles se cubren de mieses, que gritan y cantan con alegría (Sal 65, 12-13). Así es, como canta Isaías: El Señor es mi salvación… Alaba al Señor…, canta con alegría (Is 12:2, 5-6). El profeta Habacuc grita alegremente: “Aunque la higuera no echa brotes y las cepas no dan fruto…, yo festejaré al Señor gozando con mi Dios salvador” (Hab 3. 17-18).  

Creemos en Jesús, ¿cómo, nosotros que somos discípulos de Jesús resucitado, no vamos a estar alegres? La alegría es una característica de la buena gente, de creyentes verdaderos, de cristianos auténticos. Nosotros creemos que Dios es Uno y Trino, un solo Dios y tres personas divinas distintas: Dios Padre, nuestro creador y poder; Dios Hijo, nuestro salvador y redentor - y de toda la humanidad- , y Dios Espíritu Santo, nuestra gracia y abogado. La alegría es uno de los frutos y bendiciones del Espíritu Santo (Gál 5,22). Nadie es tan feliz como un auténtico cristiano (Pascal). Esta es la razón de por qué algunos/as de nuestros hermanos y hermanas añaden a los 10 mandamientos un undécimo mandamiento: ¡Estad alegres!

¿Cuál es la causa principal de la alegría cristiana? El amor de Dios: Dios nos ama. A pesar de nuestros pecados, Dios Padre nos ama, Dios Hijo nos sana, y Dios Espíritu Santo nos fortalece con su gracia divina y la alegría (cf. Lc 15, 10). El amor verdadero o la caridad -una participación del amor de Dios en nuestros corazones- es la causa principal de la felicidad y la alegría. En verdad, la caridad -el amor de Dios en nuestros corazones- causa alegría real, que es, con la compasión y la paz, efecto de la caridad. El amor es gozoso. La caridad, virtud teologal, está fundamentada en la gracia divina, que es una limitada, pero verdadera participación en la divinidad de Dios.  

Pero, un pero difícil: ¿Cómo podemos estar alegres cuando el sufrimiento nos hiere? El sufrimiento es parte inevitable de nuestra vida: todos “llevamos las llagas de Cristo”; todos cargamos con nuestra cruz individual. El sufrimiento -la cruz- no está directamente opuesto a la alegría (alguien dijo que lo contrario de la alegría es el resentimiento). Y estamos alegres también hoy, a pesar de las miserables guerras (que denunciamos sin cesar) -  y de nuestras tristes lágrimas. Un sufrimiento desordenado, o no bien integrado, hiere la amable virtud de la alegría. La clave que da sentido a nuestro sufrimiento y lo hace relativamente alegre es el amor. Y el amor verdadero hace llevadero, ligero y hasta alegre nuestro sufrimiento, aunque esto último sea menos común, como nos dice La Santa de Ávila. Discípulos de Jesús a través de los siglos, cuando fueron perseguidos y martirizados, - y lo siguen siendo hoy- estaban “llenos de alegría” (He 5,41).  

En nuestra vida, la alegría y el sufrimiento van mezclados. En la vida de Santo Domingo de Guzmán, por ejemplo, sus lágrimas de alegría y de dolor van mezcladas, pero siempre todas penetradas de alegría espiritual. El camino de la cruz es el camino hacia la resurrección: No hay Domingo de Pascua sin Viernes Santo. Como la de Jesús, nuestra cruz es una cruz victoriosa. La muerte de Cristo en la cruz fue “una muerte de reconciliación y de amor, una muerte que nos encamina hacia la resurrección y la vida”. De modo similar (guardando las distancias), “El cristiano no muere para quedar murto sino para resucitar. La muerte ya no tiene la última palabra” (José Antonio Pagola, Jesucristo). La tiene el amor.

Somos peregrinos hacia nuestra resurrección. Nuestra vida es un viaje con fiel, amable y alegre esperanza hacia la casa del Padre Dios. San Pablo nos pide: Sed alegres en la esperanza, pacientes en el sufrimiento, perseverantes en la oración (Rom 12, 12). Fe, esperanza y caridad rezan. Pedimos al buen Dios que al final de nuestro camino, Jesús nos diga a ti y a mí: Entra en la fiesta de tu Señor (Mt 25, 23).  

¡Qué maravilloso!  ¡Que fascinante! Somos un Pueblo Pascual y aleluya es nuestra canción. Aleluya, esto es, alaba al Señor. (FGB)

 

 

Holy Rosary Province Espiritualidad 04 Abril 2026
MEDITACIONES CUARESMALES:  VII. LA VOZ DEL SILENCIO
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MEDITACIONES CUARESMALES: VII. LA VOZ DEL SILENCIO

MEDITACIONES CUARESMALES:

VII. LA VOZ DEL SILENCIO

 Cuando yo era estudiante de filosofía, teníamos un Maestro de Estudiantes sabio y santo, Fray Luis López de las Heras. Todos los sábados nos daba una conferencia. Una de ellas me impactó sobremanera, y todavía se mantiene viva en mi corazón: la charla sobre el silencio, un silencio que nuestro Maestro practicaba en su humilde vida y sobria dominicana. Años después, una de mis canciones favoritas nos cantaba elegantemente, emocionando nuestro corazón, de la voz del silencio: “The Sound of Silence,” El sonido del silencio por Simón y Garfunkel. La canción, los intérpretes, la letra son maravillosos. ¡Me encanta el título! El sonido del silencio, la voz del silencio

Estamos invadidos, bombardeados por demasiadas palabras, demasiados ruidos. El silencio es un gran valor en todas las religiones y creencias.  Como seres humanos, como cristianos necesitamos oír y escuchar el sonido, la voz del silencio a través de nuestra vida.

Silencio es la otra palabra. Después de la palabra, el gran predicador Lacordaire dice, el silencio es el segundo poder en el mundo. Palabra y silencio son dos maneras de hablar; dos modos de comunicarse. Son las dos caras de parlar. Ambas se complementan mutuamente: “Todos necesitamos usar palabras, pero para usarlas con poder todos necesitamos el silencio” (John Martin)

Apuntemos que el silencio es de dos clases: silencio malo y silencio bueno. El silencio malo (moralmente) es el silencio que calla cuando debe hablar: “Creí, por eso hablé; también nosotros creemos y por eso hablamos” (2 Cor 4,13). Nosotros hoy también creemos, y por lo tanto hablamos. El Señor le dice a Pablo: “No tengas miedo, sigue hablando y no calles porque Yo estoy contigo” (Hch 18,9-10). A los apóstoles Pedro y Juan, las autoridades judías les instaron a que no hablaran más sobre “el nombre”, es decir, sobre Jesucristo muerto y resucitado. La respuesta de los dos apóstoles: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4, 20).

El Papa León XIII nos dice: A veces, no debemos estar callados. Debemos hablar, como cuando él habló a finales del siglo 19 de la injusta pobreza de los trabajadores: Guardar silencio parecería que descuidamos nuestro deber (Rerum Novarum). Su humanidad y su fe piden al cristiano hablar también en lugar de aquellos que no tienen voz: niños, mujeres, pobres, migrantes, y todos los marginados de la tierra.  “Dios se muestra solícito hacia la necesidad de los pobres” ( Leo XIV, Dilexi Te, 8).

El silencio forzado o impuesto también es condenable. Por ejemplo, el silencio impuesto por autoridades políticas y religiosas, y por otros sobre otros: sobre promotores de la dignidad humana y los derechos humanos fundamentales; sobre seguidores pacíficos de religiones y creencias. El dinero también puede forzar a algunos a callar cuando debieran hablar: “Cuando habla el dinero, la verdad calla” (dicho chino). También en nuestro tiempo es fácil encontrarse con gente que calla porque es “políticamente correcto”.   

Si hablamos del silencio sin adjetivos nos referimos generalmente a un silencio bueno, silencio positivo, virtuoso. Necesitamos silencio, silencio bueno para conocernos mejor a nosotros mismos, para escuchar a Dios, a Jesús -Hijo de Dios y Salvador nuestro-, a nuestro corazón, a todas las mujeres y hombres, a todas las criaturas del buen Dios, en particular. a los pobres y marginados.

Necesitamos del silencio para escuchar la palabra silenciosa de nuestro corazón: “Vuestros corazones conocen en el silencio los secretos de los días y las noches” (Kahlil Gibran).  

Necesitamos el silencio para escuchar la voz silenciosa de Dios, para escuchar “la Voz”: “Yo estaré en silencio y dejaré a Dios que hable dentro de mí” (Eckhart). “Habla, Señor, tu siervo escucha.” Como al profeta Elías, Dios no nos habla en el violento huracán, ni en el temblor de tierra, ni en el fuego. Dios nos habla en “el susurro de una brisa suave” (1 R, 19, 11-13). Para escuchar la voz silenciosa de Dios, nuestros sentidos, nuestros corazones deben estar en silencio: “Mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre; como niño destetado esta mi alma en mi” (Sal 131, 2).

Necesitamos silencio para escuchar la creación de Dios: a las estrellas, al océano, al viento, a las flores, a los pájaros… En su Encíclica Laudato Si’, el Papa Francisco nos invita a contemplar la creación y a escuchar su voz silenciosa. Cita al Papa Juan Pablo II: “Para el creyente, contemplar la creación es escuchar un mensaje, es escuchar una voz paradójica y silenciosa (LS  85).

     Necesitamos silencio para escucha a los demás. Job dice a sus amigos parlanchines: “! Oh, ¡si os callarais la boca! sería eso vuestra sabiduría” (Jb 13, 5). El Papa Francisco habla de la importancia de aprender el arte de escuchar, que es más que simplemente oír, e implica “apertura del corazón”. El Papa recomienda un “escuchar respetuoso y compasivo” (Evangelii Gaudium 171). Desafortunadamente, algunos de nosotros no escuchamos a los otros, sino que esperamos a que terminen de hablar para seguir con nuestro rollo. Simon y Garfunkel cantan: “La gente casca sin hablar; la gente oye sin escuchar…” (The Sound of Silence). Nos callamos cuando nuestra palabra pueda ser hiriente u orgullosa o descortés. En estos casos, como decía mi padre: La mejor palabra es la que está por decir”. Con relación a la vida de los demás, el gran místico San Juan de la Cruz nos dice lo siguiente: “Gran sabiduría es callar y no mirar ni dichos, ni hechos, ni vidas ajenas” (Dichos de luz y amor).  

Necesitamos silencio para proclamar la palabra salvadora. En su Exhortación Apostólica Verbum Domini (2010), el Papa Benedicto XVI recomienda la educación del Pueblo de Dios en el valor del silencio, que es necesario para proclamar y escuchar la Palabra. En realidad, la Palabra “solo puede ser proclamada y oída en silencio …”; “la gran tradición patrística nos enseña que todos los misterios de Cristo envuelven silencio” (VD 66). La liturgia habla de “silencio sagrado”, que se recomienda en la Eucaristía, y en la recitación de los Salmos. También pausas de silencio son recomendables para el rezo del Rosario.  

Los santos nos invitan a cultivar el silencio en nuestra vida. Ellos y ellas practicaron –y practican hoy- el silencio y la oración silenciosa de Jesús. Como San José, que sintiendo la mano de Dios acepta silenciosamente la maternidad de María y la vida misteriosa de Jesús (cf. Mt 1:24). No pronuncia ni una palabra. Él solamente habla con sus buenas obras, con su vida en sintonía con la voluntad de Dios.  Como la Virgen María, la más grande entre santos y santas, que guardaba en su corazón todo lo que acontecía alrededor de Jesús (Lk 2:51): en ella, todo era espacio para el Amado y silencio para escuchar (Bruno Forte).

Jesús calla. En particular, el primer Viernes Santo: su silencio sereno a las muchas preguntas de Poncio Pilato y Herodes. Su silencio tranquilo a los gritos de la gente, “Crucifícale, crucifícale”. Su humilde silencio cuando es terriblemente azotado, atado a la columna. Jesús es pacientemente silencioso a través de su lacerante pasión. A veces, pronuncia algunas palabras que dramatizan su silencio sonoro. Jesús, el Varón de Dolores, “nunca abrió su boca”: como un cordero llevado al matadero, como una oveja ante los que la trasquilan, nunca abrió su boca (cf. Is 53, 7; 8.32). Sí, como un cordero, pero en realidad, en lugar de un cordero tenemos un hombre, y en el hombre, Cristo que contiene todo” (Melito de Sardis). 

En la Cruz, Jesús se enfrenta con el silencio de su Padre Dios, y pregunta: ¿Por qué me has abandonado?”  También nosotros preguntamos a veces a nuestro Dios: ¿Por qué me has abandonado? La respuesta de Dios fue y es silencio, la voz del silencio. El silencio de Dios en medio de la oscuridad, de la desolación, de la injusticia y de las guerras es un silencio misterioso, desvelado de alguna manera por su amor: “Tanto amó Dios al mundo que lo dio a su hijo único” (Jn 3, 16). ¿Por qué el Señor guarda silencio cuando sufrimos?  “Dios no quiere nuestro sufrimiento en sí mismo, y está con nosotros silenciosamente cuando sufrimos” (E. Schillebeeckx).

Palabra y silencio son dos modos de hablar como los dos ojos de la cara, o como las dos alas de un pájaro. Palabra y silencio van dirigidas a una tercera palabra:  amor, un amor que habla calladamente con buenas obras: “Un cristiano sabe cuándo es tiempo de hablar de Dios y cuándo es mejor no decir nada y dejar que el amor hable” (Benedicto XVI). 

Nos dice San Juan de la Cruz: “El lenguaje que Dios oye mejor es el amor callado”. En verdad, el amor silencioso es el sonido más potente: ¡la voz del silencio! (FGB)

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Holy Rosary Province Espiritualidad 28 Marzo 2026
MEDITACIONES CUARESMALES:   VI. LA PASIÓN DE CRISTO
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MEDITACIONES CUARESMALES: VI. LA PASIÓN DE CRISTO

MEDITACIONES CUARESMALES:

VI. LA PASIÓN DE CRISTO

 LA CUARESMA es camino de penitencia y penitencias hacia la Semana Santa, hacia la celebración del gran misterio de nuestra fe: la pasión, muerte y resurrección del Señor.

Antes de conversar sobre Cristo como varón de dolores y de Cristo crucificado, debemos hacernos la pregunta radical que Jesús hizo a sus discípulos: ¿Quién soy yo para vosotros? (Cf. Mt 16:13-17).  

Podemos contestar la pregunta de dos maneras: objetiva y subjetivamente.

 

¿QUIÉN ES JESÚS?

LA RESPUESTA OBJETIVA todos la conocemos: Jesús, eres el Hijo de Dios y de María, Dios y hombre; tú eres nuestro Salvador. nuestro Camino, Verdad y Vida, el Buen Pastor, el Buen Samaritano, el Santo Niño, el Nazareno, Pan y Vino Eucarístico, el Sagrado Corazón; eres al Crucificado y resucitado. La respuesta objetiva es algo fría y de catecismo. ES NECESARIA y basa y nuestra respuesta subjetiva.

 

LA RESPUESTA SUBJETIVA. Jesús nos pregunta a cada uno de nosotros individualmente: ¿Quién soy yo para ti? ¿De qué manera influyo en tu vida? Nuestra respuesta personal no viene de libros, sino de nuestro amoroso encuentro con Jesús: un encuentro personal con Jesús crucificado y resucitado, que vive en nuestro corazón.  Nuestra fe en Jesús no significa meramente recitar un Credo, sino sobre todo conocer a una persona (W. Barclay). Conocer a Cristo implica un encuentro con Él, experiencia íntima, lealtad, amor, unión con Él, hacer su voluntad (López Melús, Desierto).

Como discípulos de Jesús, contemplemos el misterio de la Pasión del Señor. ¿Cuál es el significado esencial de la Pasión de Cristo?

 

LA PASIÓN DE JESÚS

En la presencia del Señor sacramentado rezamos frecuentemente: Oh sagrado banquete en el que Cristo es nuestra comida, se celebra el memorial de su Pasión, el alma se llena de gracia, y se nos da una prenda de la gloria futura. Se recuerda la memoria de su Pasión.

Recordamos la película de Mel Gibson La Pasión de Cristo. Para algunos, el film es un poco macabro: demasiada sangre derramada por Jesús. Para muchos otros, la película cuenta una terrible y dramática realidad, la tenebrosa realidad de la pasión y muerte de Jesús. Mel Gibson comenta: “La pasión de Cristo es muy fuerte. Estamos acostumbrados a ver bellos crucifijos colgados en la pared, y decimos que Jesús fue golpeado, llevó la cruz en sus hombros, y después fue crucificado en el madero de la cruz… A través de mi niñez, yo no entendía cómo pudo pasar eso. El profundo horror de lo que sufrió por nuestra redención no me horrorizó. Para comprender lo que él sufrió, también a nivel humano, me hace sentir no solo compasión, sino también una deuda que le debo. Quiero recompensarle algo por la inmensidad de su sacrificio”.

Creemos firmemente en Jesucristo: en Jesucristo crucificado. Creer en Dios crucificado es reconocer a Dios en Cristo crucificado (J. Moltmann). ¿Por qué el Hijo de Dios es crucificado y muere en la cruz? ¡El buen Dios podía habernos redimido por su divina voluntad!

¿Por qué la muerte de Jesús en la cruz, que es el modo más humillante de morir? “Porque no había otra manera más apropiada de morir para sanar nuestra miseria que por la Pasión de Cristo” (Tomás de Aquino). ¿Por qué? La tradición cristiana nos presenta CUATRO RAZONES principales.

(1) En primer lugar, porque por su pasión y crucifixión Jesús nos muestra su amor infinito: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único hijo” para así poder salvarnos a todos (Jn 3,16).

(2) En segundo lugar, porque muriendo en la cruz Cristo nos revela la gravedad del pecado y nuestra necesidad de un Salvador. Jesús muere en la cruz para así manifestarnos la maldad del pecado y ayudarnos a no cometerlo: “Él llevó sobre la cruz nuestros pecados cargándolos en su cuerpo para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia” (1 Pe 2,24).  

(3) En tercer lugar, Cristo, por su pasión y muerte nos liberó del pecado y, además, mereció la gracia santificante y la gloria de la felicidad: “Fuimos justificados por la fe…Por la fe en Cristo, somos hijos de Dios” (Gal 3, 24 y 26).

(4) Finalmente, en cuarto lugar, Jesús por su pasión, nos da un ejemplo a seguir. Sabemos bien que ÉL es nuestro Camino, que incluye necesariamente el Camino de la Cruz. Nos dice San Pedro: “Cristo padeció por nosotros, dejándonos un ejemplo para que sigamos sus huellas” (1 Pe 2, 21). La pasión de Cristo es modelo de todas las virtudes, en especial -según Santo Tomas- de la caridad, la paciencia, la humildad, la obediencia, y el desprecio de las cosas mundanas.

Los sufrimientos de Cristo, el varón de dolores, el Hijo de Dios, fueron increíbles: su agonía en el huerto, la traición de Judas, el abandono de sus discípulos. Además, le acusan falsamente, le condenan injustamente, se mofan de él, le ridiculizan y le azotan atado a la columna. Y después, el camino del calvario cargado con una pesada cruz, la crucifixión y la muerte en la cruz. A través de todo ello: la admirable serenidad de Jesús, su silencio sonoro, su amor misericordioso, su obediencia total al Padre Dios: Hágase tu voluntad, no la mía.

A los santos les atrae profundamente la contemplación de Jesús clavado en la cruz. Cristo clavado en una sencilla cruz de madera, que preside el altar mayor de una pequeña capilla, quita su clavo de la mano derecha para abrazar a San Bernardo. Cristo en la cruz, que preside la capilla de San Damiano pide a San Francisco de Asís que restaure su Iglesia. Santo Domingo de Guzmán, meditando arrodillado ante la cruz. Santo Tomás de Aquino que rezando, ante la cruz, le dice Jesús crucificado: “Qué bien has escrito de mí”. El libro preferido de Santa Catalina de Siena era Jesús muerto en la cruz. En nuestra querida Orden de Predicadores, el Crucificado preside casi todas nuestras capillas e iglesias. 

San Juan de la Cruz, que dijo que la cruz es el báculo de la vida, oyó de Cristo, pintado en un cuadro llevando la cruz, estas palabras: “Has hecho mucho por mí, ¿qué quieres de mí?” San Juan XXIII escribe en su Diario Espiritual: “Mi gran libro, del que debo sacar con gran cuidado y afecto las lecciones divinas de alta sabiduría, es el crucifijo”.

La bella poesía de Machado, cantada maravillosamente por Serrat, dice: “No puedo cantar ni quiero a ese Jesús del madero sino al que anduvo en la Mar”. Creo -creemos- en Cristo crucificado: Yo puedo cantar y quiero a ese Cristo del madero y también al que anduvo en la mar.

¿Cómo Podemos responder a la pasión y a la cruz de Jesús? Siguiéndole, y llevando muestra cruz personal: “El que quiera seguirme que se niegue a si mismo, cargue con su cruz y me siga” (Mt 16, 24; cf. Mc 8, 34, Lc 9, 23). Tratamos de llevar nuestra cruz individual con paciencia, y -si fuere posible- con alegría, con esa alegría espiritual que irradian los santos. De este modo predicamos los cristianos, siguiendo a Jesús crucificado que es también Jesús resucitado.

Somos discípulos de Jesús y deseamos humildemente estar íntimamente unidos a él y a aquellos que están íntimamente unidos a Él. Jesús se identifica a si mismo con los crucificados de la tierra. ¿Dónde estamos nosotros, seguidores de Jesús, cuando hermanos y hermanas son crucificados hoy? Como el buen Samaritano, debemos ayudar a los heridos en los caminos de la vida, y, como Simón el Cireneo, arrimar el hombro a algunos que caminan con su pesada cruz a cuestas hacia su crucifixión. Nuestra fe en Jesús nos pide practicar el amor a todo prójimo, principalmente a los pobres y desahuciados del mundo, que son para los discípulos de Jesús, el mismo Jesús. Henri Nouwen comenta: “Jesús nos está diciendo.  “¡Este soy yo, ámame! Qué radical y qué simple.”: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui migrante y me recibisteis” (Mt 25:35).

En este contexto, muchos de nuestros hermanos y hermanas (y sobre todo, no creyentes) siguen preguntándonos, ¿por qué hay tanto sufrimiento en el mundo? Si Dios es infinitamente bueno, ¿por qué lo permite? ¿Tantas guerras, tanta violencia, tanta gente inocente muriendo, tanto odio, tantos pobres? Hoy siempre, el misterio del mal en el mundo y la fe en un Dios omnipotentemente misericordioso. LA ÚNICA RESPUESTA: Dios nos ama, es Amor, y nos dio a su Hijo para que muriera por nosotros, por nuestros pecados. LA RESPUESTA CONCRETA: Jesús crucificado. 

 

¿Difícil llevar nuestra cruz, difícil ayudar a otros a llevar su pesada cruz, difícil ayudar a heridos en los caminos de la vida? Sin duda, no es fácil. Po eso, SIEMPRE DEBEMOS ORAR: para ser más fuertes. Somos débiles, somos pecadores. La gracia de Dios está con nosotros. Pedimos ayuda a Dios Padre, por el Hijo en el Espíritu Santo.  La mejor vitamina: la oración. La mejor arma: el amor misericordioso: “Pon amor donde no lo hay y cosecharás amor” (San Juan de la Cruz). El buen Dios, no falla. Nosotros, sí. Por ello, oramos sin cesar. Santa Teresa de Jesús: “Nunca dejes la oración; siempre hay remedio para aquellos que rezan”.

 

Gracias, Señor, por tus llagas, por tu cruz, por tu muerte: por tu amor. Te amamos, Señor; sentimos haberte ofendido a ti y a otros. Te pedimos, humildemente, por tu divina gracia y tu infinita misericordia. (FGB) 

Holy Rosary Province Espiritualidad 22 Marzo 2026
  1. MEDITACIONES CUARESMALES: V. MARÍA, SIERVA DE DIOS
  2. MEDITACIONES CUARESMALES: IV. LUCHA CONTRA LAS TENTACIONES
  3. MEDITACIONES CUARSMALES, III, PECADO
  4. MEDITACIONES CUARESMALES: II. ORACIÓN, AYUNO Y LIMOSNA

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